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¿Por qué la experiencia no siempre es la mejor maestra?

La experiencia es un gran valor, pero no es la respuesta para todo problema. A veces, el ingenio del novato o la persona que mira la realidad desde una mente abierta, innovadora y flexible pueden tomar mayor ventaja.

¿Por qué la experiencia no siempre es la mejor maestra?

Última actualización: 17 agosto, 2022

Cuando tenemos un problema, solemos acudir a los expertos, a los que supuestamente saben más y acumulan mayores conocimientos y vivencias a sus espaldas. Sin embargo, la experiencia no siempre es la mejor maestra ya veces tampoco esta exenta de error. Es más, en psicología sabemos que la pericia o la competencia en cualquier ámbito de la vida requiere de múltiples dimensiones.

A la hora de resolver un problema, por ejemplo, la experiencia siempre es un grado, es cierto. Pero también lo es la flexibilidad cognitivo, el saber adaptarse a situaciones cambiantes o el ser reflexivos y no actuar por impulso o prejuicios. Asimismo, también aparece otro hecho, y es que uno no se convierte en maestro por el simple hecho de atesorar muchas vivencias y anécdotas.

La experiencia solo llega si uno ha reflexionado sobre cada cosa vivida y además ha llevado a cabo un autoexamen adecuado. Debemos tener claro que, en ocasiones, la mente se acomoda y da por sentado que ya lo sabe todo por el simple hecho de estar muchos años en un trabajo o por tener cierta edad.

No es más hábil quien más conocimiento acumulado tiene, sino quien reacciona de manera más efectiva ante las dificultades y usa mejor las competencias de las que dispone…

Una mente activa, curiosa y orientada al aprendizaje continuo es una mente preparada para cualquier desafío.

Las experiencias buenas o malas solo nos serán de utilidad si reflexionamos en ellas y nos permitimos aprender algo.

La experiencia no siempre es la mejor maestra y esta es la razon

Si hay dos sectores en los que la experiencia es un valor y una ventaja son el ámbito sanitario y el de las fuerzas y cuerpos de seguridad. Médicos, policías y vigilantes suelen hacer evaluaciones rápidas en muchos momentos de su día a día. Observan, analizan y actúan emitiendo un diagnóstico o decidiendo o no una actuación.

En la Universidad Estatal de Arizona, por ejemplo, encontrará un aspecto que les corresponde de análisis para un posterior estudio. En diversas pruebas aplicadas a forenses expertos en la identificación de huellas dactilares, pudo ver que los expertos, a veces, cometían errores. Algo especialmente grave de cara a un juicio.

También sucede lo mismo en el sector sanitario. Otro trabajo en la Universidad de Tokio habla de los fallos de detección que, a veces, pueden evidenciar los radiólogos sin importar su experiencia. Estas evidencias despiertan la curiosidad de la comunidad científica. Si bien es cierto que el desempeño mejora con el tiempo, debemos considerar también que la experiencia no es siempre la mejor maestra. Veamos por qué.

El efecto de prevalencia, un error cognitivo

El efecto de prevalencia nos demuestra cómo la experiencia puede ser, a veces, un último y no una ventaja. Por ejemplo, cuando llevamos a cabo unas mismas tareas en nuestra cotidianidad, nos habituamos a que ciertos eventos den siempre los mismos resultados. Asumimos que determinadas causas-efectos son invariables y esto hace que automaticemos nuestro trabajo.

Sin embargo, todo escenario está dominado por las sutilezas, los imprevistos y hasta el caos. El efecto prevalencia provoca que actuemos sin reflexionar, basándonos solo en las experiencias de nuestro pasado. La mente se vuelve más rígida, menos inquisitiva, observadora y curiosa. Lo cual nos puede llevar a cometer errores.

Nadie, ni siquiera la persona con mayor aprendizaje y conocimientos, está exenta de equívocos. Sin embargo, todos podemos optimizar nuestro rendimiento aplicando una mente orientada al aprendizaje continuado, a la flexibilidad y la curiosidad.

Evitemos asumir que, debido a nuestra experiencia, somos más competentes que el resto. La humildad intelectual es clave.

¿Qué dimensiones poseen los auténticos expertos?

Ni el líder con mayor rodaje dirigiendo equipos de trabajo, ni el experto con más títulos y doctorados, están exentos de cometer errores. Sin embargo, cuando estos sucedan, algo se quiebra en sus esquemas mentales. ¿Cómo puede haber sucedido? Se preguntan. Es como si la mera experiencia les otorgara la invulnerabilidad al caer, la impermeabilidad a la equívoco. Cuando no es así.

La sabiduría siempre va de la mano de la humildad intelectual y junto a esto, deben conjugarse una serie de dimensiones psicológicas que aportan mayor valor y eficacia a la experiencia acumulada. La cual, como ya hemos señalado, es una ventaja, pero no la respuesta a todo reto y circunstancia.

Veamos ahora esas áreas que todos deberíamos desarrollar.

1. Autorreflexión y voluntad para especular

La autorreflexión es la capacidad para actuar de manera más meditada y no dominada por la impulsividad o la conducta automática. Asimismo, esta cualidad ayuda a que la persona entienda la vida como un aprendizaje continuo en el que ser receptivo a todo estímulo, sin dar por sentado cada circunstancia.

Especular sobre las cosas que nos permite manejar mejor la información, trazando hipótesis y analizándola en profundidad.

2. La mente flexible, la mejor competencia

Las personas con un enfoque flexible encaran mejor los cambios, toleran los errores y están orientados al aprendizaje y descubrimiento constante.

La mirada que asume que su experiencia es la respuesta a todo, en cambio, hace uso de una mente inflexible, incapaz de ver los matices de cada evento, la complejidad de toda circunstancia.

3. La experiencia no es siempre la mejor maestra, evitamos los juicios rápidos

Quizá, el mayor problema que nos inocula la experiencia es emitir un exceso de juicios rápidos. No nos damos cuenta de ello, pero a medida que nos vemos como expertos en alguna área, nuestro pensamiento se automatiza y se llena de sesgos. Es lo que nos señaló el psicólogo y el Premio Nobel Daniel Kahneman. Pensar rápido producir juicios absolutos y no relativos.

Eduquemos nuestro pensamiento ralentizando sus conclusiones. Seamos más observados, pacientes, curiosos y ampliamos perspectivas en lugar de asumir que lo sabemos todo. La vida siempre nos sorprende y nos puede coger desprevenidos.

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