martes, enero 31, 2023
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El Espanyol sobrevive al robo de Mateu Lahoz

Tal es la ansiedad que sufre el presidente del Barcelona, ​​Joan Laporta, y está tan descontrolado en su hambre desenfrenada, que antes de salir a ver los partidos se guarda unos donets del bolsillo de la chaqueta. Entre un Barça en la Europa League y un Espanyol al estilo, los alicientes del partido se habían centrado en la alineación de última hora de Lewandowski y el nombramiento de Mateu Lahoz como árbitro del partido. Me gustaba mucho Mateu, pero tengo la sensación de que no ha sabido gestionar su creciente notoriedad y la importancia que progresivamente se ha ido dando a sí mismo es un bochorno inevitable para los demás. El Camp Nou, casi lleno, guardó un minuto de silencio por Pelé y no por Benedicto XVI. Ya sé que hace muchos años decidí no quejarme.

El primer detalle de calidad lo dio Gavi, controlando una asistencia de Alba y rematando desde el suelo. A la salida del córner que dio lugar al disparo, Marcos Alonso marcó el primero de la tarde. El Espanyol no pudo defender peor la jugada: hasta tres cabezazos locales -Lewandowski, Christensen y el autor del gol- en el área pequeña. El Espanyol es el peor equipo de la Liga defendiendo a balón parado. Buen ritmo y ambición del Barcelona ante unos visitantes que parecían ya centrados en los preparativos de Nochevieja. El primer número de Mateu fue una conversación larga, solitaria e innecesaria con Ansu Fati para que no picara con un rival.

Tampoco es que el Barcelona hiciera un gran partido, pero con muy poco le bastó para conseguir lo que pretendía. En cualquier caso, ante un rival tan necio, un solo gol de ventaja sugería poca profundidad en las virtudes locales. El segundo número de Mateu fue correr hacia la banda para darle un beso a Xavi -sí, un beso-. Hizo caso omiso del partido, no castigó con tarjeta amarilla a Oliván por una falta a Ansu, y acarició la cara de Xavi y le dio un beso, haciendo el ridículo que si alguna vez se entera será su mayor castigo.

El Espanyol creció un poco diez minutos antes del descanso, y ese poco fue suficiente para dejar al descubierto las costuras del Barça, la falta de consistencia en su juego, que solo brilla cuando el rival es muy menor o desaparece. “Estamos dentro, estamos dentro”, gritaba el entrenador a sus jugadores. Las repetidas pérdidas de balón de Ansu nos hicieron pensar en la triste y quizás inevitable irrelevancia de él como jugador: Óscar Gil ganó todas las manos. Con la ilusión de que la Liga nos hiciera volver, y este tedio de despedir el año.

Volvió el partido del descanso pero no del tedio, ni de la vulgaridad local, que empezó a igualar con cierta mejoría visitante. Busquets entró por Gavi, lesionado. También entró Dembélé, para recordarnos la idea exacta de fútbol que tiene el técnico del Terrassa. El Espanyol intentó hacer algo tímidamente y el Barcelona muy amablemente le dio todas las facilidades para conseguirlo. Como si los culés quisieran compensar a su rival por la alineación de última hora de Lewandowski, dieron unos minutos a sus rivales de algo parecido a la sensación de que podían empatar. Un Espanyol demasiado limitado en recursos no decidió aprovechar los regalos, y cada vez era más soporífero acudir al improvisado concurso de invalidez. El 2-0 parecía más probable que el empate, pero un Barça tan especializado en meterse en líos innecesarios hacía inútiles los pronósticos racionales.

El rebote se convirtió en la característica del partido. Ante cualquier esperanza de una jugada fructífera, afloró la incompetencia y el balón lloró. Dado lo poco que daba de sí el partido, Mateu intentó buscarle el protagonismo hablando con el técnico del Espanyol, y tocándole de tal forma que daba la idea de que podía haber algo en el arranque. Y en el minuto 70 pasó algo que no se podía descartar, y fue que en una jugada de lo más mediocre, el Espanyol consiguió que el Barça le marcara un penalti absurdo por error. No sé si el Espanyol merecía el empate, pero el que seguro que lo merecía era el Barça. Pocos partidos como este derbi han merecido que los dos equipos se repartan los mínimos puntos posibles.

Y llegó también lo único que quedaba para rematar el disparate, que fue un auténtico espectáculo de Mateu. Expulsó a Jordi Alba por protestar y en una sola jugada -la siguiente- dejó con nueve al español tras expulsar a Cabrera con roja directa por una acción involuntaria y mostrar a Vini el segundo por una falta que fue, pero no mereció el tarjeta tampoco. El VAR corrigió a Mateu donde pudo -la tarjeta roja directa- y Cabrera volvió al terreno de juego.

Lo que Mateu le robó al balear lo devolvió su portero Álvaro Fernández con dos paradas antológicas. El fútbol español es incluso más pobre que el del Barça. Pero sobrevivir a tal atraco merece algo más que un empate.

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